Erase una vez un Rey que no era rey, y ni siquiera presidente de cualquier republica normalita de andar por casa. No era tampoco barón por no tener dineros para alargar la "v" y transformarla en "b", y empezó a no quedarle ni la "b" ni la "v".
Así que un día pensó: me casaré con quien me traiga a palacio unas botas katiuskas; y pueda pisar charcos y dejar de ser Rey.
Así pues, y animado en quizás su ultimo celo cagalero, envió un mensaje por todo el reino anunciando sus intenciones en un curriculum cuidado y primoroso de media página y sin foto.
Y le llegó una moza republicana y tersa y le puso en la mesa una renuncia cierta para seguir hablando
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Dimite y
hablaremos.
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Bueno…, si
yo no soy dada; ¿de qué voy a dimitir?
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De tu
reino.
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Tengo que
acudir a mi pasado; me ha llamado mi pueblo.
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No tienes
pueblo, ni alma, ni pasado. Eres un miserable roto y apenas te queda un trocito
de “v”.
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Yo soy yo.
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Tú eres yo,
o me marcho y me llevo las botas katiuskas
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Es de
noche…
-
Es mi
tiempo
Y el Rey que no era
rey, ni barón, ni presidente de la republica de andar por casa se puso sus últimos
zapatos de charol que le hacían daño en dedo gordo y se metió en la alberca de
los jardines de palacio hasta que el agua le llegó por la cintura. Luego, se
tendió sobre las camas de rana y acarició un agua inexistente.
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