domingo, 21 de agosto de 2016

EL ACEITE COMO BÁLSAMO DE FIERABRÁS.



EL ACEITE COMO BÁLSAMO DE FIERABRAS.

Se empeñan los científicos en atribuirle al aceite de oliva la cura de todos los males. Y lo hacen bien, y yo aplaudo su esfuerzo. Su poder como antioxidante, regulador del colesterol, protector hepático, factor clave en el sistema cardiovascular, sus propiedades anticancerígenas y hasta he leído artículos ensalzando el aumento de la lívido y la potencia sexual. En fin, que estamos en presencia del Bálsamo de Fierabrás del S. XXI.

A mí me cabrea un tanto el asunto. Me parece estupenda la propaganda del aceite como factor de salud, y si se vende por ello y sube el precio, pues mejor. Pero en esta campaña “saludable” en que meten mi aceite – y es que vinieron a comprar aceite para hacer cápsulas, y me negué en redondo – fallan muchas cosas qué si tenía el ingenio de Cervantes con su famoso Bálsamo.

Primero: el Bálsamo de Fierabrás, según la leyenda, era un medicamento robado por el Fierabrás en la conquista de Roma y contenía el ungüento con que ungieron el cuerpo de Cristo. Y ahí empieza el marketing falso, que a Cristo no lo ungieron; cuando el domingo fueron las mujeres al Sepulcro, Cristo había ya resucitado, así que lo que robara Fierabrás en Roma era más falso que Judas (el pobre Judas; un día hablaré de él).

En el Quijote, el Bálsamo de Fierabrás aparece varias veces, pero siempre con unos elementos básicos; a saber: es un producto mágico, es un algo que lo cura todo, y lo más importante: solo el Quijote sabe la receta. Magia, misterio, secreto, fuerza… eso son los componentes cervantinos de nuestro medicamento. Sin estos elementos el Bálsamo no funciona.

Pero llega el momento cumbre de la historia. Al Quijote lo apalean, y a Sancho también, y el bueno del escudero suplica a su amo que se meta a boticario y prepare el mejunje.  Y el caballero revela los ingredientes y entre ellos  está el aceite. Vino, aceite, romero y tomillo son la materia; el modus faciendi es la molienda y la maceración añadiendo ochenta padrenuestros, ochenta avemarías y ochenta credos.  ¿Se imaginan ustedes al Quijote con sus manos juntas rezando que te reza sobre el mejunje y a Sancho quejumbroso en el jergón esperando el remedio? ; Cervantes es genial, D. Miguel es maravilloso, la historia del Bálsamo de Fierabrás es cojonuda.

Y es que el final se las trae, fíjense: la administración del medicamento, y los efectos secundarios no son los mismo en el amo que en el criado; a D. Quijote le dan sudores, y vomita, y  duerme, y se cura y el remedio le alivia; mientras que al pobre Sancho le da una diarrea espantosa y se caga por donde pilla y reniega una y mil veces de la pócima secreta. D. Quijote, entonces, reflexiona y llega a la conclusión de que aquel medicamento era solo para caballeros.

¿Ven?, eso pasa con el aceite de la Almedina y, jeje, a los demás aceites de Jaén.  Nuestro aceite es mágico, dorado, misterioso, sublime. Nuestro aceite no se echa en la ensalada, ni en la tostada, ni en la sartén… no. Es la lechuga la que esponja para recibirlo, y el pan caliente se acuna para atraerlo, para meterlo en su ser, para hacerlo suyo. Y no digamos la sartén: la surten se estira y lanza destellos cuando el aceite chorrea por su borde, y lo expande ansiosa por su culo esperando el “fuego lento” que cantara Chavela Vargas. 

Y si hay alguien que se toma el aceite de oliva en capsulas, se lo mando al Quijote que le diga: ¡mentecato!, le está bien empleado; el aceite, el aceite picual de Jaén es para caballeros… y a usted, que le de diarrea. Supongo, amigo lector, que ha cogido mi ironía. Bien, muy bien que se estudie farmacológicamente el aceite de oliva. Magnifico que se difundan sus propiedades. Extraordinario que se exporte por todo el mundo y suba el precio. Pero no olvidemos la magia del aceite, no pasemos de largo de su luz misteriosa en las alcuzas, no ignoremos que nos ungen con él en el nacimiento y en la muerte y, sobre todo, amigos, guardemos el secreto, nuestro secreto, del por qué nuestro zumo conforma los paisajes de nuestra tierra, al lado del romero y el tomillo, como nos lo reveló Cervantes en el Bálsamo de Fierabrás.
  





sábado, 20 de agosto de 2016

EL JINETE ROSA

SOBRE LA PLAYA.

Hambre y silencio, silencio y hambre. La playa que nos lame en forma de jinete; jinete de muerte rosa, jinete que cabalga camino de las olas. Y yo callado, acumulando espuma para acudir dormido a arrancarte las uñas. Y tu callada, para no romper la angustia del silencio. Nos mece la amargura como nos mece el viento, arracimando sueños y matando amapolas. Hambre y silencio, silencio y hambre.


Ha llegado tu carta a despertar la lluvia, aquella que escuchamos apaciguando ansias; Lluvia en la zahorra, lluvia en los rosales, lluvia sonora. Si; los cristales del mar y de tus ojos regando mi pasado para que no se pase, para que permanezca, para que crezca el silencio, y el hambre y la mañana.  

lunes, 8 de agosto de 2016

El invento de una muerte incierta.

"Partes de un todo que fue nada algún día.
Seamos un fulgor en la distancia que se oculta de los ojos del viento para no ser la nota discordante del invento de una muerte incierta
".PTV. Cuaderno de descuidos.

domingo, 7 de agosto de 2016

LA MUJER INVISIBLE.

La mujer invisible es un hecho real que, antropológicamente considerado, se encuadra en la cultura occidental y se concreta en una mujer de entre cincuenta y sesenta años a la que la sociedad va cubriendo de sutiles capas trasparentes que acaban haciéndola invisible.
Se trata de una mujer cuya etapa de madre ha pasado, su etapa de esposa – si aún mantiene su matrimonio – la oscurece la rutina y  deja de ser, paulatinamente, una mujer en flor. Si no se ha desarrollado profesionalmente depende del marido en todos los aspectos de la vida y deja su yo, y hasta su nombre, para pasar a ser la mujer de fulano, o la madre de fulanito o menganita. Ah, caramba, la mujer invisible, antes, pasaba a ser abuela, centro del hogar y venerada matrona  general del patriarcado durante los años finales de su vida.
Pero ahora no; las perspectivas de vida de más de ochenta años dejan a la mujer invisible en una situación delicada: le quedan más de treinta años de invisibilidad probable, casi una vida de dependencia oculta, casi una eternidad de alienación constante. Su casa es un pisito de setenta u ochenta metros que arregla en un pis pas y ya no tiene que hacer conservas, ni salazones, ni tomate frito en botellas recicladas, ni cuidar de su vecina cuando enferma. Ya no arregla las ropas de la casa ni hace bolillos con las vecinas. Su soledad es total.  Ya recibe los nietos, si los hay, más como canguro que como abuela y pasa sus horas mirando como el hombre se zampa tres o cuatro partidos de futbol en la tele los fines de semana.
Y sin embargo la mujer invisible sigue siendo mujer, ama y ansia, tiene su yo intacto y percibe la sensación real de su poderío como mujer. Debe cuidarse, tiene que cuidarse, y sabe que puede seducir, que seduce, que oscila su cuerpo como una palmera mecida por el viento y que la tarde llena de rojo el horizonte. La mujer invisible percibe que puede acariciar el calor como las olas besan la arena y acercarse y retirarse de la espuma de un mar en calma. La mujer invisible besa como nadie, se entrega como nadie, abraza como nadie, y en cada caricia, en cada roce, en cada palabra va desprendiéndose de los velos trasparentes con que la sociedad la ocultó.

Nada hay tan hermoso como una mujer invisible que va quitándose poco a poco, trabajosamente pero sin descanso, el burca negro que apenas deja ver unos ojos enamorados. 

sábado, 6 de agosto de 2016

El espejo de tus letras.




Un mundo, tu mundo, hija, tan incierto entre la nada y el olvido... Tu mundo, como el mio, Lucia, entre mil nubes que no mojan sus alas ni muerden mis instantes. Sigues aquí, en la Almedina, hija, durmiendo su ausencia en el pecho que arracimó tu teta. Y la llamas, y juegas por el pasillo para acallar mil miedos, y apaciguar las tormentas de escarcha. 
Y ella allí, imperturbable, sin mas reloj que el espejo de sus letras.  
Y la vida Lucía, la vida y su reloj, la vida y el espejo de otros yo perdidos en abismos que él sabe mecer a ritmo de un abrazo"PTV. cuaderno de descuidos.
   

miércoles, 3 de agosto de 2016

A FUEGO MI PASADO

"Grita su silencio mi deseo y enmudece el asfalto, enmudecen los niños, los pájaros, el cielo, hasta el mismo sol ha enmudecido.

Sobre un lecho de escamas me desnudo de historia  y me dejo la piel entre tus dedos.

Dibujas mi presente.
Respiro en ti". cuaderno de descuidos

Mi presente no existe, deambulo entre la nada y el olvido y acuno, si acaso, la sombra de tu ausencia. Acumulo tus letras y las hago rodar por un secano cuajado de espartales. Un secano sin lindes, sin caminos, sin agua, sin regreso. 
Cerros que se despiertan cuando pasa el recuerdo, y el amor avanzando por caminos sin nombre. Mecidos desde ayer, desde siempre, a los pies de un ciprés de cementerio, o en la parada loca de besos arracimados. ¿dibujas mi presente?: sí, que ya gravaste a fuego mi pasado.



martes, 2 de agosto de 2016

ESCRIBIR


ESCRIBIR

Escribir, anudar la idea a cada letra, ser "tinta náufraga en un el mar de tus blancas sabanas", ser solo tú en cada arruga que averiguo de antaño, pasear por Veruela mientras me duele el cierzo,  nube de húmedas nostalgias que te corren , y te llenan, y te aplastan; ser aliento que vuela hacia tu beso y se topa el silencio, ser un violín cantando muerte para saberse vivo.

Escribir... volar en un pasillo hasta el salón azul, y allí acampar de madrugada.

CARTAS


CARTAS.


La vida sigue su camino desechando posadas. Deambula en ocasiones de aquí para allá, cabecea sobre las olas como el mascarón de proa de un galeón hundido, y sabe, conoce, y espera retomar el rumbo. En ese caminar constante, y a veces cansino, vamos escribiendo cartas a quién una vez nos dijo: mira, allí está la Polar... Fíjate en la Osa Mayor y la verás chiquita, quieta, aguardándote. Son cartas a tu madre muerta, cartas desgarradoras, cartas sin ya sentido, cartas de amor inacabado, cartas de niño pobre y con hambre de besos.

Luego, quizás, más adelante, ya mozuelo, cuando te encandilaron los ojos de una moza, te ajustas a las piezas de cerámica de un museo muerto mientras suena la pólvora. Y vuelves a escribir, y acaricias su nombre, y acaricias su pecho, y envuelves las caricias en su falda, y buscas sus costuras, y añoras sus entrañas, y tus letras son semen y sus ojos, tu vida. Son cartas largas, susurradas, rozadas en ella, añorantes, palpitantes, tiernas.

Luego, quizás, mas adelante, ya hombre, cuando llegó la locura, se acabaron las cartas. No tienes donde escribir, no tienes quién ansie tu presencia, o tu ausencia, o tu llamada. Son cartas de aire, de ventisca, de noche, de plegaria, de angustia sostenida sin Polar. sin museo y sin pólvora. Cartas sin dirección y sin sello, cartas sin alma.

Luego, quizás, más adelante, ya angosto, ya viejo, ya cansado, bañado en soledad y en sueños rotos escribes a Lucia, la hija que no fue, y esperas que conteste, esperas su llamada; y aguardas, y mascas el silencio, y acurrucas su imagen y miras, y acontece, y la forjas, y cierras los ojos y aguardas más silencio. Son cartas ahora de septiembre, edulcoradas, prietas de nostalgia y pasado, cartas sin semen, cartas de soledad, cartas que guardas en un cajón del despacho porque no te atreves a enviarlas.

Luego, quizás, más adelante, ya torpe, ya despacio, ya añorando posada. escribes cartas como esta: cartas a nadie, cartas entre la nada y el olvido, cartas al mascarón hundido del galeón del alma.