EL ACEITE COMO BÁLSAMO DE FIERABRAS.
Se empeñan los científicos en atribuirle al aceite de oliva
la cura de todos los males. Y lo hacen bien, y yo aplaudo su esfuerzo. Su poder
como antioxidante, regulador del colesterol, protector hepático, factor clave
en el sistema cardiovascular, sus propiedades anticancerígenas y hasta he leído
artículos ensalzando el aumento de la lívido y la potencia sexual. En fin, que
estamos en presencia del Bálsamo de Fierabrás del S. XXI.
A mí me cabrea un tanto el asunto. Me parece estupenda la propaganda
del aceite como factor de salud, y si se vende por ello y sube el precio, pues
mejor. Pero en esta campaña “saludable” en que meten mi aceite – y es que
vinieron a comprar aceite para hacer cápsulas, y me negué en redondo – fallan
muchas cosas qué si tenía el ingenio de Cervantes con su famoso Bálsamo.
Primero: el Bálsamo de Fierabrás, según la leyenda, era un
medicamento robado por el Fierabrás en la conquista de Roma y contenía el
ungüento con que ungieron el cuerpo de Cristo. Y ahí empieza el marketing
falso, que a Cristo no lo ungieron; cuando el domingo fueron las mujeres al
Sepulcro, Cristo había ya resucitado, así que lo que robara Fierabrás en Roma
era más falso que Judas (el pobre Judas; un día hablaré de él).
En el Quijote, el Bálsamo de Fierabrás aparece varias veces,
pero siempre con unos elementos básicos; a saber: es un producto mágico, es un
algo que lo cura todo, y lo más importante: solo el Quijote sabe la receta. Magia,
misterio, secreto, fuerza… eso son los componentes cervantinos de nuestro
medicamento. Sin estos elementos el Bálsamo no funciona.
Pero llega el momento cumbre de la historia. Al Quijote lo
apalean, y a Sancho también, y el bueno del escudero suplica a su amo que se
meta a boticario y prepare el mejunje. Y
el caballero revela los ingredientes y entre ellos está el aceite. Vino, aceite, romero y tomillo
son la materia; el modus faciendi es la molienda y la maceración añadiendo
ochenta padrenuestros, ochenta avemarías y ochenta credos. ¿Se imaginan ustedes al Quijote con sus manos
juntas rezando que te reza sobre el mejunje y a Sancho quejumbroso en el jergón
esperando el remedio? ; Cervantes es genial, D. Miguel es maravilloso, la
historia del Bálsamo de Fierabrás es cojonuda.
Y es que el final se las trae, fíjense: la administración
del medicamento, y los efectos secundarios no son los mismo en el amo que en el
criado; a D. Quijote le dan sudores, y vomita, y duerme, y se cura y el remedio le alivia;
mientras que al pobre Sancho le da una diarrea espantosa y se caga por donde
pilla y reniega una y mil veces de la pócima secreta. D. Quijote, entonces,
reflexiona y llega a la conclusión de que aquel medicamento era solo para
caballeros.
¿Ven?, eso pasa con el aceite de la Almedina y, jeje, a los
demás aceites de Jaén. Nuestro aceite es
mágico, dorado, misterioso, sublime. Nuestro aceite no se echa en la ensalada,
ni en la tostada, ni en la sartén… no. Es la lechuga la que esponja para
recibirlo, y el pan caliente se acuna para atraerlo, para meterlo en su ser,
para hacerlo suyo. Y no digamos la sartén: la surten se estira y lanza
destellos cuando el aceite chorrea por su borde, y lo expande ansiosa por su
culo esperando el “fuego lento” que cantara Chavela Vargas.
Y si hay alguien que se toma el aceite de oliva en capsulas,
se lo mando al Quijote que le diga: ¡mentecato!, le está bien empleado; el
aceite, el aceite picual de Jaén es para caballeros… y a usted, que le de
diarrea. Supongo, amigo lector, que ha cogido mi ironía. Bien, muy
bien que se estudie farmacológicamente el aceite de oliva. Magnifico que se
difundan sus propiedades. Extraordinario que se exporte por todo el mundo y
suba el precio. Pero no olvidemos la magia del aceite, no pasemos de largo de
su luz misteriosa en las alcuzas, no ignoremos que nos ungen con él en el
nacimiento y en la muerte y, sobre todo, amigos, guardemos el secreto, nuestro
secreto, del por qué nuestro zumo conforma los paisajes de nuestra tierra, al
lado del romero y el tomillo, como nos lo reveló Cervantes en el Bálsamo de
Fierabrás.