sábado, 14 de enero de 2017

RENCOR Y OLVIDO


Nace el olvido del rencor, no del hambre. El rencor arranca soledades y carencias; carencias de Navidades, de Reyes, de reposo. Deguella el rencor la razón y la escultura de la Marquesa - y del Marqués- que no corrieron prietos por la escalera. El rencor los deguella y los arrastra sobre el mamperlán barnizado de nogal. También sus fotos quedaron allí, perdiendo sus perfiles en cartulinas secas, para que tú, mordiendote la sangre, deambules en furgoneta por los valles de Vasconia. Detrás del rencor está siempre el olvido, porque del rencor nacen los olvidados. Y las cartas de amor llegaron hasta el juez para borrar pasado. 


sábado, 22 de octubre de 2016


VIOLENCIA SIN VOZ.

Se te llenó la boca 
de mezquinas palabras,
de recuerdos robados,
de miedo y de fantasmas.

Apagaste la voz 
que antaño me engendrara
aparecida en ti y para ti,
y ahora oculta en demandas sin letras

Enmudeció el pasado
disparando a la noche
mientras te acariciaba,
y la violencia toda 
se agarró a mi garganta.

Escopetas nacidas 
en huecos escarlata
y un grito que no llega
de nostalgias sin alma...

Ah, la noche, cada noche
ansiando tu llegada.



EL REPROCHE



EL REPROCHE.

Odio los reproches. Odio la alusión a cualquier cosa, a cualquier recuerdo, a cualquier anécdota para reprochar lo acaecido a la persona con la que hablas, discutes o compartes la vida. El reproche es más sutil que la culpa, más insidioso, más profundo, más sibilino.
-          Tú tienes la culpa de esto o de aquello
Tal predicación es clara y nítida; hay un hecho ocurrido y alguien te responsabiliza de eso con verdad o sin ella. La prueba recae en el acusador y ya está: surge de facto la responsabilidad del hecho y la restauración del hipotético mal causado. En la culpa no hay reproche moral directo, hay relación causa efecto y responsabilidad surgida por el acto.
El reproche, mucho más frecuente en el mundo diario y familiar, es diferente. En el reproche se parte del hecho acaecido, como en la culpa, pero el reprochador introduce un condicional un “si hubieras hecho lo otro” esto no habría pasado. El reprochado lo es en tanto elige entre un a) y un b) ambos hipotéticamente factibles, e incluso deseables, pero que conducen a situaciones diferentes. El reprochado no se equivoca en hacer, se equivoca en elegir.
-          Tú te has equivocado y… mira lo que has conseguido.
En el reproche no hay carga de la prueba, ni responsabilidad de reparación, ni exigencia de relación causa efecto, ni constatación alguna de que el resultado a) fuera mejor que el b) de haberse elegido aquel.  El reproche es sibilino e insidioso pues nace de la incertidumbre y de la duda, que el reprochador deshace con su aseveración: te has equivocado, te has equivocado, mira la consecuencia de tu elección. De esta guisa, el reproche ataca directamente al sentimiento de libertad. Lo terrible del reproche es que se reproduce en cadena, gira sobre sí mismo y crece como una Gorgona Medusa alrededor de una siempre inconcreta responsabilidad, y de esa forma, creciendo y multiplicándose se desliza inevitablemente hacia el campo de la culpa.
Nada hay tan cansino, tan socavador de la convivencia, tan maligno para entenderse como el reproche constante e insidioso. Con alguien reprochándotelo todo lo hagas bien o lo hagas mal… no se puede vivir.



   

martes, 4 de octubre de 2016

UN SOLDADO ENORME




Allá en Talar, haciendo la mili, como yo media dos metros, mi capitán me colocaba un triángulo de peligro de los de trafico colgado del cuello y me mandaba delante de la compañía para advertir a los coches que detrás venia el Ejercito…El Ejercito de España. Y más en las marchas nocturnas cuando la visibilidad y el peligro era mayor.
El caso es que aquella noche amenazaba tormenta y entre truenos y relámpagos, después de la retreta, salimos a la carretera. Yo con mi triangulo en ristre, y trescientos metros después la Compañía de morteros del sesenta en la que militaba.
Estaríamos a un par de km del campamento cuando el mar del cielo se derramó sobre el Talar. Gotas como puños golpeaban a la Compañía y el Capitán, desde el Jeep, ordenó el regreso a paso ligero… ¡olvidándose del recluta Felix Sanchez y del triángulo de seguridad del Ejercito de España!
Como yo no había recibido orden contraria continué marcial mi marcha nocturna hasta llegar a Tremp, y ya mosca, pero impertérrito, avancé despacio sobre las calles desiertas hasta que un guardia municipal me preguntó en un cruce a donde iba. Soy la avanzadilla del Ejercito de España, le respondí – ya con cierto cachondeo – y el guardia acojonado, y por si acaso, detuvo el tráfico y me dejó seguir.
Serían las tres de la mañana cuando alguien caritativo advirtió al cuartel diciendo:
-          Aquí hay un soldado enorme con un triángulo en la cabeza… ¿qué hacemos con él?
-          ¿Un soldado enorme?
-          Sí, y con un triángulo colgado del pescuezo…
-          Identifíquese, vociferó el capitán del cuerpo de guardia. España no pierde ningún soldado enorme…
-          Pues aquí hay uno…
-          Que se mantenga firme hasta que llegue el camión de enlace estratégico. Es una orden.

Media hora más tarde me recogió un camión. Yo pensé que no me volverían a soltar en la vida…, pero no fue así. Mi capitán – que se había olvidado miserablemente de mi – no quería que aquello se difundiera; me ordenó guardar silencio y me dio dos días de permiso que me pasé en Salou de cojones. Cosas que pasan: usted ha sido, me dijo mi oficial, hombre estratégico en una misión secreta sobre la frontera con Francia. Silencio mientras viva, y… hasta hoy que lo he contado.   

jueves, 15 de septiembre de 2016

LA SIERRA DE CAZORLA.
Cazorla es maravillosa. Sí, como lo digo, como lo siento, como lo sé. Vine aquí a vivir entre olivos, a escuchar sus murmullos, a ver volar las águilas sobre la Almedina. Vine aquí ya viejo y me quedé, quiera Dios que para siempre. Pero no es la sierra asombrosa que rodea y protege Cazorla, ni Arroyo Frío, ni el Chorro, ni el Borosa. No; hay aquí algo más, mucho más, que un paisaje, mil fuentes o la berrea del otoño. Cazorla se eleva y se respira, asciende y se concreta en los olivares que duermen en su falda; Cazorla se mete en ti, te envuelve, te acaricia, te embelesa, te ama. Vivir en Cazorla es una noche de bodas perpetua con tu amada; vivir en Cazorla es acariciar su pelo allá en el horizonte, mirar sus contornos bajo la sábana de sus nieblas, acariciar sus pechos en cada regazo de sus valles, escuchar sus senderos, su palpitar profundo, sus labios rosados, sus suspiros quedos. Luego, ya, cuando mi vida toda se expande por sus surcos, subo a la Almedina, y la contemplo plena, dormida desde el Chorro hasta Aguascebas, tendida ante mí, esperando la aurora.

lunes, 5 de septiembre de 2016

ESPANTAR TU AUSENCIA

Voy besando tu boca para espantar tu ausencia; La siento aquí, agarrada a mi lengua, retorciendo mi aliento y matando mi alma. Muerte, si, de los surcos de antaño que sembré de jazmines para endulzar la noche. Muerte de la niñez, del adulto que fui y del viejo que anhelo; muerte tuya, muerte de olvido y de silencio.
Alargo mi recuerdo para verte dormida, para ansiar tus caderas y visitar tu pecho; lo alargo hasta el ayer, hasta abril,  hasta la Navidad en que nació tu ausencia. Y tu figura así, inalcanzable, sola, paseando horizontes donde la luna muere, volverá a recaer sobre las canas secas de mi barba adherida. Luna de miel que sube por tu calle, estrechos pasos, piernas que no sostienen, y el corazón de anoche que volvió a detenerse.  

Ah, lejanía; Ah, insensatez… D. Inmanuel Kant bailando en el tejado y asiendo con su capa el humo de la suerte. Voy besando tu boca para espantar tu ausencia y que una tenue ráfaga de vida me ilumine. Voy así, como los ríos, girando en la marisma para llegar al mar. 

domingo, 21 de agosto de 2016

EL ACEITE COMO BÁLSAMO DE FIERABRÁS.



EL ACEITE COMO BÁLSAMO DE FIERABRAS.

Se empeñan los científicos en atribuirle al aceite de oliva la cura de todos los males. Y lo hacen bien, y yo aplaudo su esfuerzo. Su poder como antioxidante, regulador del colesterol, protector hepático, factor clave en el sistema cardiovascular, sus propiedades anticancerígenas y hasta he leído artículos ensalzando el aumento de la lívido y la potencia sexual. En fin, que estamos en presencia del Bálsamo de Fierabrás del S. XXI.

A mí me cabrea un tanto el asunto. Me parece estupenda la propaganda del aceite como factor de salud, y si se vende por ello y sube el precio, pues mejor. Pero en esta campaña “saludable” en que meten mi aceite – y es que vinieron a comprar aceite para hacer cápsulas, y me negué en redondo – fallan muchas cosas qué si tenía el ingenio de Cervantes con su famoso Bálsamo.

Primero: el Bálsamo de Fierabrás, según la leyenda, era un medicamento robado por el Fierabrás en la conquista de Roma y contenía el ungüento con que ungieron el cuerpo de Cristo. Y ahí empieza el marketing falso, que a Cristo no lo ungieron; cuando el domingo fueron las mujeres al Sepulcro, Cristo había ya resucitado, así que lo que robara Fierabrás en Roma era más falso que Judas (el pobre Judas; un día hablaré de él).

En el Quijote, el Bálsamo de Fierabrás aparece varias veces, pero siempre con unos elementos básicos; a saber: es un producto mágico, es un algo que lo cura todo, y lo más importante: solo el Quijote sabe la receta. Magia, misterio, secreto, fuerza… eso son los componentes cervantinos de nuestro medicamento. Sin estos elementos el Bálsamo no funciona.

Pero llega el momento cumbre de la historia. Al Quijote lo apalean, y a Sancho también, y el bueno del escudero suplica a su amo que se meta a boticario y prepare el mejunje.  Y el caballero revela los ingredientes y entre ellos  está el aceite. Vino, aceite, romero y tomillo son la materia; el modus faciendi es la molienda y la maceración añadiendo ochenta padrenuestros, ochenta avemarías y ochenta credos.  ¿Se imaginan ustedes al Quijote con sus manos juntas rezando que te reza sobre el mejunje y a Sancho quejumbroso en el jergón esperando el remedio? ; Cervantes es genial, D. Miguel es maravilloso, la historia del Bálsamo de Fierabrás es cojonuda.

Y es que el final se las trae, fíjense: la administración del medicamento, y los efectos secundarios no son los mismo en el amo que en el criado; a D. Quijote le dan sudores, y vomita, y  duerme, y se cura y el remedio le alivia; mientras que al pobre Sancho le da una diarrea espantosa y se caga por donde pilla y reniega una y mil veces de la pócima secreta. D. Quijote, entonces, reflexiona y llega a la conclusión de que aquel medicamento era solo para caballeros.

¿Ven?, eso pasa con el aceite de la Almedina y, jeje, a los demás aceites de Jaén.  Nuestro aceite es mágico, dorado, misterioso, sublime. Nuestro aceite no se echa en la ensalada, ni en la tostada, ni en la sartén… no. Es la lechuga la que esponja para recibirlo, y el pan caliente se acuna para atraerlo, para meterlo en su ser, para hacerlo suyo. Y no digamos la sartén: la surten se estira y lanza destellos cuando el aceite chorrea por su borde, y lo expande ansiosa por su culo esperando el “fuego lento” que cantara Chavela Vargas. 

Y si hay alguien que se toma el aceite de oliva en capsulas, se lo mando al Quijote que le diga: ¡mentecato!, le está bien empleado; el aceite, el aceite picual de Jaén es para caballeros… y a usted, que le de diarrea. Supongo, amigo lector, que ha cogido mi ironía. Bien, muy bien que se estudie farmacológicamente el aceite de oliva. Magnifico que se difundan sus propiedades. Extraordinario que se exporte por todo el mundo y suba el precio. Pero no olvidemos la magia del aceite, no pasemos de largo de su luz misteriosa en las alcuzas, no ignoremos que nos ungen con él en el nacimiento y en la muerte y, sobre todo, amigos, guardemos el secreto, nuestro secreto, del por qué nuestro zumo conforma los paisajes de nuestra tierra, al lado del romero y el tomillo, como nos lo reveló Cervantes en el Bálsamo de Fierabrás.