LA SIERRA DE CAZORLA.
Cazorla es maravillosa. Sí, como lo digo, como lo siento, como lo sé. Vine aquí a vivir entre olivos, a escuchar sus murmullos, a ver volar las águilas sobre la Almedina. Vine aquí ya viejo y me quedé, quiera Dios que para siempre. Pero no es la sierra asombrosa que rodea y protege Cazorla, ni Arroyo Frío, ni el Chorro, ni el Borosa. No; hay aquí algo más, mucho más, que un paisaje, mil fuentes o la berrea del otoño. Cazorla se eleva y se respira, asciende y se concreta en los olivares que duermen en su falda; Cazorla se mete en ti, te envuelve, te acaricia, te embelesa, te ama. Vivir en Cazorla es una noche de bodas perpetua con tu amada; vivir en Cazorla es acariciar su pelo allá en el horizonte, mirar sus contornos bajo la sábana de sus nieblas, acariciar sus pechos en cada regazo de sus valles, escuchar sus senderos, su palpitar profundo, sus labios rosados, sus suspiros quedos. Luego, ya, cuando mi vida toda se expande por sus surcos, subo a la Almedina, y la contemplo plena, dormida desde el Chorro hasta Aguascebas, tendida ante mí, esperando la aurora.