viernes, 28 de septiembre de 2012

El humo


 

EL HUMO

 
 

Había dejado de fumar. Dos meses, una semana, dos días , siete horas y diecisiete minutos. Ese era, exactamente, el tiempo  desde la ultima chupada. Ese era, exactamente, el tiempo de mi desesperación aquella noche. Recordaba el humo de un “ Condal” largo elegante y ultimo. Así lo había decidido dos meses, una semana ... taras. . Dejaría de fumar en aquel mismo instante . Ese Condal seria mi ultimo cigarro.


Recordaba  que el impulso nació en  New York. Estaba alojado en un Hotel de lujo invitado para dar una conferencia sobre no recuerdo qué. La limpiadora de la habitación era portorriqueña y lloró emocionada de que un hispano ejerciera de vips ; de que un hispano no fumara ( mentira, que yo lo hacia como un carretero ) y estuviera alojado en aquella habitación. Moraco que soy y se nota - me dije - pero hispano  como ella al fin y al cabo. Recordé las pateras cruzando el Estrecho par llegar a España y me emocione de orgullo de raza. Hay que dejar de fumar, me dije  y lo dejé. Ni un cigarro mas a la vuelta a España. De fumador despreciable, a poderoso y nuevo ciudadano de primera.  Volverá de USA un hombre  sano y poderoso  dueño de si mismo. Yo, que nací no fumador  como los importantes hombres que jamas se hundieron en la miseria del tabaco del País incomprensible aquel que domina el mundo a la vez que come hamburguesas y coca cola. No lo comprendo a fe mía, que se pueda tener tanto poder y tan mal gusto.


 De vuelta a casa, en Escuzar, mi ultimo cigarro había sido como las piernas de una mujer a la que se ama y se aleja contoneando el recuerdo. Piernas largas  enmediadas de negro y rematadas en un liguero  enroscado hacia arriba . Humo blanco y espeso que se escapó de mis labios en el silencio absoluto de la noche . Pero ¡ah!, pena penita pena, que  el paquete  de aquel ultimo deleite quedó quedó olvidado sobre el marmol de la encimera de la chimenea.  


 Dos meses después lo vi sin proponermelo , rojo, esbelto, destellando celofán. El paquete me estaba requiriendo insistente : queda un cigarro: enciéndelo, acarícialo, chúpalo con cuidado, lentamente, guardando sabores, llevándolo al cerebro tuyo, sacando lenguas de gloria en el gusto espeso de la tentación. Cogí el paquete olvidado y saqué el cigarro muy despacio acariciándolo como si fuera un perro. Lo llevé a los labios, lo tenté con la punta de la lengua, palpé la arista circular del filtro, tragué saliva y cerré los ojos, El Dupont estaba al lado, listo, pesado, sugestivo, expectante.  Lo encendí. El Dupont, quiero decir. Su llama azulada parecía un lucero. Lo acerqué a la punta del cigarro que temblaba en mis labios. Temblaba todo yo como se tiembla cuando se hace el amor por primera vez. Prendió el tabaco y se inició una columna de humo ondulante hacia el techo. No chupé. No me lo fumé. Solo, en el silencio absoluto de la noche de Escuzar, en la Sala Cuadrada, acurrucado en el sillón de orejas junto a un hogar ya mortecino recordaba cada minuto de la agonía aquella del mono de fumar. Pero no me lo fumé. Quería fumar , necesitaba fumar; fumar ineludiblemente, rasear el humo por la garganta, por los pulmones , por el alma. Pero no me lo fumé.  Fumaban todos aquella noche : fumaban los retratos de los antepasados, los bailarines de las imágenes costumbristas del Portalón, el Alcalde del Crimen patéticamente colorado y feo, fumaba Dñª Eugenia, la monja negra como su manto ahumado del óleo del salón, fumaba D. José Calvo Sotelo  - juguetón en su escultura de escayola -, fumaba el obispo Fonseca, la Srª Beamón , el presentador de Canal Plus . Finalmente mi mente calenturienta veía a  mi encargado Guillermo, que jamas había cogido un cigarro, luciendo  aquella noche un gran Montecristo marrón -   ébano sinuoso -,  de humo blanquecino acariciante. Desde la punta de aquel gigantesco puro subían  lentamente círculos de humo hacia su calva , y allí se remansaban y se apiñaban y parecían un milchelin pequeñito danzando al son de cada chupada de Guillermo. Era una orgía de humo , de aromas de pipas de tabacos orientales : Gravina rojo, Príncipe de Gales, ....., tabacos rubios aromáticos, negros pegajosos, mezclas, mixturas, mentas, aromas a licores exóticos , a afrodisiacos de noches tropicales, a carnaval de Costas caribeñas o Cariocas , a palmeras, a mangos, a aguacates maduros sobre pan moreno.          Subía el humo de todos los cigarros de todos los fantasmas hacia el techo de la Sala Cuadrada, rebotaba en las vigas de pino oscurecidas por siglos de humo, se expandía por las correas de madera que albergaban también el humo de centurias desprendido por los cigarros sobre el forjado de tablas barnizado de humo de las pipas o los puros de los antepasados de todos los siglos y bajaba hacia mi con la fuerza de un Iguazú  cálido y entrañable. Y el cigarro estaba allí , consumiéndose, entre el índice y el corazón de mi mano derecha, apoyada en la cimera de mármol junto a la chimenea, aguardándome, esperándome, pertenecindome, mío. En ese momento lo apague sobre el cenicero limpio.

 
No terminó así el suplicio . No dejaba de mirar el cenicero y su colilla larga aún apetecible. Era aquella mi ultima oportunidad . Mañana seria otro día. Empezaríamos de nuevo el tratamiento de parches de nicotina, caramelos .., lo que fuera: pero aquella noche, aquel instante era un instante mágico, un minuto eterno, una noche embrujada. Debía fumar . El cigarro estaba allí. Lo cogería de nuevo, lo pondría entre mis labios , asiria las tenazas y con ellas un ascua mediana , mortecina , con las aristas aun rojas y la ceniza encanando los centros de sus caras. Y lo acercaría al papel para que prendiera lentamente, casi insinuando la chupada mas que chupando, y miraría la punta enrojecida . Sudaba copiosamente. Mi voluntad y mi mi pasión tabaquera luchaban a muerte en los instantes supremos de la tentación.  Recordé a la Portorriquña de New York, las zonas de los aeropuertos de negros hispanos y fumadores, la explosión del Maine, los pitos del pecho al amanecer y el eslogan de mi abuela : tengo seis hijos : ni fuman , ni veven, ni son mujeriegos, (sic) . ¿ Como podia siquiera ceder y volver a fumar un cigarro? ¿ Donde estaba mi fuerza ? ¿ donde mi caracter ? ¿ donde mi valia y mi decisión irrevocable ? ¿ donde el impulso español y Prim en Castillejos ? ¿ donde Pizarro y el Inca ? . ¡donde el cancer de pulmon de mi amigo Eduardo!

            Rufo , el coker dorado, empezó a ladrar. Ladraba a una silla vacía. a un lugar sin nadie. A un espacio muerto. Lo mire. Detuve las tenazas. Solté el cigarro y el ascua. El erizado pelo del coker me hizo dudar. ¡ Quieto  Rufo, ¿ qué estas haciendo ? ¿ a quién ladras ? .  Puñetero perro; vas a acabar asustándome .  


            El perro continuaba ladrando y gimiendo alrededor de la silla vacía hasta que cansado del ruido , y de la intromisión del personaje que había interrumpido mi fumada , me dirigí a la silla vacía y dije :

 
n Si le molesta el humo, cámbiese por favor. Allí , en aquella butaca que está junto a la puerta del Coro no le llegará y estará cómodo.


            Pasaron unos segundos de silencio.


            Entonces Rufo me miró y se dirigió  hacia la puerta del Coro. Al llegar a ella rodeó la butaca por detrás, olfateó el asiento vacío y siguió ladrando lastimosamente.

 
           

martes, 18 de septiembre de 2012

El pergamino


Una multitud inició la marcha; Llevaban comida, y agua, y coca colas, y mochilas moradas o amarillas; la iniciaron a paso vivo, sin saber bien a donde iban, ni lo largo del camino, ni la cuesta del Norte, ni las horas llegadas a sus pies. En el primer cruce, la mitad se fue hacia la derecha; la otra mitad, a la izquierda. Los de las mochilas moradas se quedaron parados, y nosotros con ellos y acampamos.

Al día siguiente reiniciamos la marcha hasta el segundo cruce. El cincuenta por ciento se pusieron un toto anaranjado y tomaron la izquierda. Los demás tomamos la derecha. Recorrimos diez leguas y acampamos.

Al tercer día, ya de salida, muchos se pusieron un toto rosa y aguardaron; los que quedaron llegamos hasta un nuevo cruce. Todos se fueron a la derecha menos tú y yo. Entonces saqué de mi bolsa el pergamino crema; viejo pergamino que me dio mi padre, y lo miramos sentados en el ribazo aquel. Era mi pergamino y caminamos. Y subimos a lo alto de una montaña enorme, con el frio en los huesos y la piel ardiendo en tus senderos. Busqué un refugio y te tendí la mano y volaron hacia ti una multitud de duendes: sin mochilas, sin totos, sin pasado. Estamos solos, te dije aquella noche.

Al llegar la cuarta noche te dije: compartamos la soledad, la tuya y la mía… y no estaremos solos nunca más. Sí, me contestaste: cojamos cada cual su mochila y marchemos a un mundo nuestro, exclusivamente nuestro, un mundo anhelado, a un mundo nuevo donde solo habiten los duendes que nos siguen… y las mariposas de las entrañas, y el amor tuyo y el amor mío. Y acunamos la vida mientras la lluvia fecundaba el campo.

Tengo aquí el pergamino, el pergamino de mi historia, el deber aceptado y adquirido…te dije al quinto día; debo bajar, dame un tiempo. Ella me llama, me llama, me llama… lo dice el pergamino.

“Palabras de agua atravesando el portal de aquella noche insomne, abrazos que resbalan por tu piel sin dejar huella, abrazos fríos en las cálidas distancias. Abrazos... besos amables escritos sin tinta, pintados en el aire por tu voz amada, besos quemados en un instante... Letras de humo bailando alrededor de mi sombra, caricias huecas perdiendo vida... Sábanas de seda incapaces de dar calor a un amor vacío, besos que jugaron a ser únicos y solo fueron ecos de olvido...”

Y bajé la montaña. Y dejó de llover; desde abril no llovió a llover, no suenan los cristales como aquella noche; ni suenan tus besos en mi boca. Ha dejado de llover y mi voz amada se confunde con palabras de humo, con esperas sin tiempo y llamadas sin voz. Y acudió la soledad de nuevo; la soledad absoluta y fría que aquel hombre intuyo que podía quedar atrás en la montaña. La soledad intensa y renovada que lo envolvió de nuevo al alcanzar un NO.

Y aquel hombre solo y aterido volvió la cabeza hacia la amada y gritó con todas sus fuerzas: ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ lo dice el pergamino ¡!!!!!!!!!!!!!!!!!. Pero nadie, ni aún los que lo escucharon, entendieron su grito. Solo lo entendió la soledad.

 

domingo, 9 de septiembre de 2012

José Lopez de Vinuesa


 

 

A JOSÉ LOPEZ DE VINUESA

 

 

 

Han hundido tu casa la de Loja,
y te he visto llorar sobre una nube gris.
Por eso quiero hoy evocar tu recuerdo,
tu sombra prolongada ,  abuelo.

 
Eras tú entonces, en mi niñez lejana
 el aire que aspiraba  de una mañana limpia,
 el solano venido  de una tarde de abril.
Eras  más : eras como el  viento de la veleta mía,
girando presurosa en tejados de miel.
Tejas orientadas  que acariciaban olas.

 
Eras tú la esperanza   de una ruleta roja
 girando para   mí, camino de mi dicha :
Paseo  del  Salón de una Granada  fria
de una Granada nuestra, abuelo,
vestida de galleta
¡Ah!, vestida  de galleta rosada .

 
Hoy han hundido tu casa solariega
y sus columnas viejas cayeron hacia el sol.

 
Eras tú entonces papel  de pajarita
doblada en mil esquinas  sobre espuma de mar;
Eras un almendral de febrero florido
pétalos dibujados  sobre tierra marrón.
Jardines todos de las  tierras del Temple .

 
Eras , sereno ,el eco de  Azorín ,
 domador de Madrid. en pausas cadenciosas.
Madrid lentamente leido en un  Austral humilde,
 Austral manoseado, amigo …,
 señalado de ti .

Y sin embargo , abuelo, han hundido tu casa
tu casa la de Loja…, la de la calle Real.

 
Eras calor y Patria en la voz poderosa
 de una arenga de  Prim:
 

n Vosotros podéis abandonar esas mochilas porque son vuestras … ,

pero no podéis abandonar esta bandera  porque  es de la Patria

 

Y volábamos juntos hacia la muerte cierta
y acurrucabas a España en tu regazo :
pobre , arrugada, perdida en Anual,
 en batallas ganadas por mis ojos de niño.

 

Y  Alarcón cabalgando en mulas enjaezadas,
como un amigo cierto  que me contaba cuentos
en Alpujarras floridas y lejanas. 

Y te fuiste a morir sobre una mula torda
para llegar al cielo de tu Sierra mojada  :
 salpicada de grises como la nube cierta
salpicada en  tormenta de Periquetes todos.

 
Y me dejaste , abuelo ,  con una tarjeta festonada de negro:


- luto

- “ donde quiera que esté  no te olvidaré nunca”

 
luto oscuro, permanente, luto negro, zaino, dolorido.
Luto de los dos : el tuyo y el mío
Luto insoportable y permanente; luto  de muerto compartido.
 

Y nos cogimos de la mano para la eternidad.
Y jugamos a vernos en casas  blancas nuevas
encaladas y nuevas en huertos  de cristal.
Encaladas hasta  el caballete, abuelo.
Encaladas hasta el tronco del nogal,
hasta el brocal del pozo,
hasta la maceta de  geranios violáceos.

 
Pero tu casa , abuelo, se quedó enmudecida
y su portal  de piedra se murió en un jazmín.
Y me dejaste solo cocinando gazpachos,
fumando de tu  caldo de gallina.

 

Pero aquel dia   era como un  papel rosado
un papel rosado de atardecer último de invierno,
como un atardecer de miércoles de ceniza,
Como un año bisiesto sin febrero,
y nos quedamos  solos
solos tú y yo, dormidos en nuestra soledad.

 

Aquel  23 de febrero  hundieron nuestra casa, abuelo.
Definitivamente hundida, definitivamente muerta.
Que se murió Rosario en el mes de febrero, 

 

 

viernes, 7 de septiembre de 2012

Soledad y muerte


Lo esperado, lo que pensamos ha de venir y no llega, lo que ansía el hombre interior que todos llevamos dentro y no acontece, lo que antecede al vacio y desemboca en él, conduce irremediablemente a la soledad. No estás solo en tanto esperas, en tanto intentas alcanzar un algo abstracto que se concreta en el tiempo aquí o allá. Uno está solo cuando alcanza y se da cuenta de que lo alcanzado es el no. Y en ese momento vives a medias al sentirte encerrado en tu propia soledad. Uno se muere un poco cada vez que escribe una entrada en el Face intentando existir.

La muerte, pues, no nos llega de golpe; nos vamos muriendo aún estando vivos, y nos morimos al  son del tiempo en que sacamos la cabeza, en que intentamos decir: aquí estoy; estoy aquí y existo. Yo me estoy muriendo en la soledad que produce la incomprensión, la imposibilidad de hablar, la ausencia de alguien que escuche tu historia. Más aún, porque escuchar la historia  – más o menos real para el que escucha – no trasciende y mata la soledad. No. Lo que anhela ese hombre interior al que antes me refería, no es que te miren o te escuchen; eso es baladí. Lo que intentamos para vencer la soledad es que el que mire, vea; y el que escuche comprenda.

Cuando eso no llega, cuando la soledad te aprisiona de tal modo que acabas deseándola, y hacerla tuya, y compartirla con tu yo; cuando es ella la que te entiende y te acaricia y, como la amada al amado, te hace suyo, en ese momento has llegado a esa línea de no retorno que te atrae y te espanta al unísono. En ese instante digo, estás perdido. Estás muerto.  

Quizás como último recurso para librarte de la tenaza de la soledad echas mano a la intelectualidad o a la conciencia intima de lo trascendente. El Dios que me intuyó y propició que mis padres me engendraran. El Dios que me lanzó a un mundo destartalado y sin entrañas, y “sabía” desde el inicio lo que había de ocurrir. ¿Dónde está?, por qué me dejó nacer; ¿por qué me dio un ansia de libertad para quitármela al mismo tiempo marcando mi destino?. La voz distorsionada por la agonía del hombre atenazado por la soledad gritará, seguramente, con las fuerzas todas que le queden un ¡¡¡¡Dios mío!!!.  Como la última palabra que salga de su boca.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Guardián de tus esperas


Caminas por una vereda ancha jalonada de matas de esparto. De vez en cuando un anchurón te marca el estar de un alcornoque, de un quejigo o una encina. Más allá una aulaga florida, una mata de tomillo y la espera. Si, la espera, la espera, la espera.

Luego regresas por el mismo sitio para saber que existes, para percibir que existe ella, para localizar su eco y su caricia; para matar la espera.

Y no encuentras nada, ni el arroyo de antes, ahora seco; ni la adelfa apretada al barranquillo suyo, ni sus huellas siquiera en la vereda angosta del regreso;  por la vereda  que tú transitas pegado a un arcén imaginario. Y comienza a llover.  Tienes el paraguas negro con la varilla rota y el mango envejecido. Lo abres y te sigue goteando la barba y el chaleco verde y el anillo de plata.

Y gritas;  e intentas localizar el eco, y te mueres un poco al saber que no eres nadie, nadie; solo, quizás, el guardián de sus esperas.