sábado, 22 de octubre de 2016
VIOLENCIA SIN VOZ.
Se te llenó la boca
de mezquinas palabras,
de recuerdos robados,
de miedo y de fantasmas.
Apagaste la voz
que antaño me engendrara
aparecida en ti y para ti,
y ahora oculta en demandas sin letras
Enmudeció el pasado
disparando a la noche
mientras te acariciaba,
y la violencia toda
se agarró a mi garganta.
Escopetas nacidas
en huecos escarlata
y un grito que no llega
de nostalgias sin alma...
Ah, la noche, cada noche
ansiando tu llegada.
EL REPROCHE
EL REPROCHE.
Odio los reproches. Odio la alusión a cualquier cosa, a
cualquier recuerdo, a cualquier anécdota para reprochar lo acaecido a la
persona con la que hablas, discutes o compartes la vida. El reproche es más
sutil que la culpa, más insidioso, más profundo, más sibilino.
-
Tú tienes la culpa de esto o de aquello
Tal predicación es clara y nítida; hay un hecho ocurrido y
alguien te responsabiliza de eso con verdad o sin ella. La prueba recae en el
acusador y ya está: surge de facto la responsabilidad del hecho y la
restauración del hipotético mal causado. En la culpa no hay reproche moral
directo, hay relación causa efecto y responsabilidad surgida por el acto.
El reproche, mucho más frecuente en el mundo diario y
familiar, es diferente. En el reproche se parte del hecho acaecido, como en la
culpa, pero el reprochador introduce un condicional un “si hubieras hecho lo
otro” esto no habría pasado. El reprochado lo es en tanto elige entre un a) y
un b) ambos hipotéticamente factibles, e incluso deseables, pero que conducen a
situaciones diferentes. El reprochado no se equivoca en hacer, se equivoca en
elegir.
-
Tú te has equivocado y… mira lo que has
conseguido.
En el reproche no hay carga de la prueba, ni responsabilidad
de reparación, ni exigencia de relación causa efecto, ni constatación alguna de
que el resultado a) fuera mejor que el b) de haberse elegido aquel. El reproche es sibilino e insidioso pues nace
de la incertidumbre y de la duda, que el reprochador deshace con su aseveración:
te has equivocado, te has equivocado, mira la consecuencia de tu elección. De
esta guisa, el reproche ataca directamente al sentimiento de libertad. Lo
terrible del reproche es que se reproduce en cadena, gira sobre sí mismo y
crece como una Gorgona Medusa alrededor de una siempre inconcreta
responsabilidad, y de esa forma, creciendo y multiplicándose se desliza inevitablemente
hacia el campo de la culpa.
Nada hay tan cansino, tan socavador de la convivencia, tan
maligno para entenderse como el reproche constante e insidioso. Con alguien reprochándotelo
todo lo hagas bien o lo hagas mal… no se puede vivir.
martes, 4 de octubre de 2016
UN SOLDADO ENORME
Allá en Talar, haciendo la mili, como yo media dos metros,
mi capitán me colocaba un triángulo de peligro de los de trafico colgado del
cuello y me mandaba delante de la compañía para advertir a los coches que
detrás venia el Ejercito…El Ejercito de España. Y más en las marchas nocturnas
cuando la visibilidad y el peligro era mayor.
El caso es que aquella noche amenazaba tormenta y entre
truenos y relámpagos, después de la retreta, salimos a la carretera. Yo con mi
triangulo en ristre, y trescientos metros después la Compañía de morteros del
sesenta en la que militaba.
Estaríamos a un par de km del campamento cuando el mar del
cielo se derramó sobre el Talar. Gotas como puños golpeaban a la Compañía y el
Capitán, desde el Jeep, ordenó el regreso a paso ligero… ¡olvidándose del
recluta Felix Sanchez y del triángulo de seguridad del Ejercito de España!
Como yo no había recibido orden contraria continué marcial
mi marcha nocturna hasta llegar a Tremp, y ya mosca, pero impertérrito, avancé
despacio sobre las calles desiertas hasta que un guardia municipal me preguntó en
un cruce a donde iba. Soy la avanzadilla del Ejercito de España, le respondí –
ya con cierto cachondeo – y el guardia acojonado, y por si acaso, detuvo el tráfico
y me dejó seguir.
Serían las tres de la mañana cuando alguien caritativo
advirtió al cuartel diciendo:
-
Aquí hay un soldado enorme con un triángulo en
la cabeza… ¿qué hacemos con él?
-
¿Un soldado enorme?
-
Sí, y con un triángulo colgado del pescuezo…
-
Identifíquese, vociferó el capitán del cuerpo de
guardia. España no pierde ningún soldado enorme…
-
Pues aquí hay uno…
-
Que se mantenga firme hasta que llegue el camión
de enlace estratégico. Es una orden.
Media hora más tarde me recogió un camión. Yo pensé que no
me volverían a soltar en la vida…, pero no fue así. Mi capitán – que se había olvidado
miserablemente de mi – no quería que aquello se difundiera; me ordenó guardar
silencio y me dio dos días de permiso que me pasé en Salou de cojones. Cosas
que pasan: usted ha sido, me dijo mi oficial, hombre estratégico en una misión
secreta sobre la frontera con Francia. Silencio mientras viva, y… hasta hoy que
lo he contado.
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