Caminas por una vereda
ancha jalonada de matas de esparto. De vez en cuando un anchurón te marca el
estar de un alcornoque, de un quejigo o una encina. Más allá una aulaga
florida, una mata de tomillo y la espera. Si, la espera, la espera, la espera.
Luego regresas por el
mismo sitio para saber que existes, para percibir que existe ella, para
localizar su eco y su caricia; para matar la espera.
Y no encuentras nada, ni
el arroyo de antes, ahora seco; ni la adelfa apretada al barranquillo suyo, ni
sus huellas siquiera en la vereda angosta del regreso; por la vereda que tú transitas pegado a un arcén imaginario.
Y comienza a llover. Tienes el paraguas
negro con la varilla rota y el mango envejecido. Lo abres y te sigue goteando
la barba y el chaleco verde y el anillo de plata.
Y gritas; e intentas localizar el eco, y te mueres un
poco al saber que no eres nadie, nadie; solo, quizás, el guardián de sus
esperas.
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