LA MUJER INVISIBLE.
La mujer invisible es un
hecho real que, antropológicamente considerado, se encuadra en la cultura
occidental y se concreta en una mujer de entre cincuenta y sesenta años a la
que la sociedad va cubriendo de sutiles capas trasparentes que acaban haciéndola
invisible.
Se trata de una mujer
cuya etapa de madre ha pasado, su etapa de esposa – si aún mantiene su
matrimonio – la oscurece la rutina y
deja de ser, paulatinamente, una mujer en flor. Si no se ha desarrollado
profesionalmente depende del marido en todos los aspectos de la vida y deja su
yo, y hasta su nombre, para pasar a ser la mujer de fulano, o la madre de
fulanito o menganita. Ah, caramba, la mujer invisible, antes, pasaba a ser
abuela, centro del hogar y venerada matrona general del patriarcado durante los años
finales de su vida.
Pero ahora no; las
perspectivas de vida de más de ochenta años dejan a la mujer invisible en una
situación delicada: le quedan más de treinta años de invisibilidad probable, casi
una vida de dependencia oculta, casi una eternidad de alienación constante. Su
casa es un pisito de setenta u ochenta metros que arregla en un pis pas y ya no
tiene que hacer conservas, ni salazones, ni tomate frito en botellas recicladas,
ni cuidar de su vecina cuando enferma. Ya no arregla las ropas de la casa ni hace
bolillos con las vecinas. Su soledad es total. Ya recibe los nietos, si los hay, más como
canguro que como abuela y pasa sus horas mirando como el hombre se zampa tres o
cuatro partidos de futbol en la tele los fines de semana.
Y sin embargo la mujer
invisible sigue siendo mujer, ama y ansia, tiene su yo intacto y percibe la
sensación real de su poderío como mujer. Debe cuidarse, tiene que cuidarse, y
sabe que puede seducir, que seduce, que oscila su cuerpo como una palmera
mecida por el viento y que la tarde llena de rojo el horizonte. La mujer
invisible percibe que puede acariciar el calor como las olas besan la arena y
acercarse y retirarse de la espuma de un mar en calma. La mujer invisible besa
como nadie, se entrega como nadie, abraza como nadie, y en cada caricia, en
cada roce, en cada palabra va desprendiéndose de los velos trasparentes con que
la sociedad la ocultó.
Nada hay tan hermoso como
una mujer invisible que va quitándose poco a poco, trabajosamente pero sin
descanso, el burca negro que apenas deja ver unos ojos enamorados.
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