Pensé que era septiembre y tú
me acariciabas. Pensaste que acudíamos al parral a recoger pezones y llevarlos
de mi boca a la tuya. Dulces, arracimados, míos. Pero se guardaban en bolsas de
papel y las avispas todas zumbaban por la boca. Amaste sin amarme y sin saber
que luego se atragantarían cien viejos al ritmo del reloj. Más allá de los
cuartos, en cada campanada, en cada estupidez colgada del champán entre una
nube de confetis.
Una, dos, nueve… doce: feliz
futuro de un amargo tiempo ido en insultos y en besos y en nostalgia.
Y me quedé adherido a un sueño
imaginado.
-
La culpa es tuya. Si vienes y
los coges…
-
¿los pezones?
-
No; las campanadas, y el
tiempo, y las avispas todas.
-
No puedo; están metidos en
cartuchos de papel.
-
Entonces no me ames; no
acaricies mi pelo, no tientes las cimas de mi cuerpo. Olvídame si puedes y
olvidaré si puedo.
-
No me dejes; te amo.
-
No te dejo, te espero; pero
has de tragarte las avispas, y el tiempo, y los confetis y hasta el collar de
perlas que pusiste en mi cuello.
-
Estamos en septiembre…, vida mía.
-
Estamos donde yo te mande;
estamos en enero.
Y me quedé dormido debajo de una parra inexistente, tiritando de frio por estar en enero.
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