LA
COLA DEL MÉDICO
En el pueblo. ir al médico es
mas que estar enfermo. Ir al médico tiene su fundo y su forma, su
antecedente y su consecuente. Uno se pone malo, como en todas partes, y acude a
la consulta llanamente; pero el transfundo de la enfermedad es bastante más
complejo. La enfermedad además de una dolencia, grande o chica, es un derecho y
un acto social que confiere al paciente
un cierto pedigrí. En el pueblo la enfermedad está asociada al paciente, su
familia, sus antepasados o su fortuna. La enfermedad es, mas que está, en
determinadas personas.
-
A fulana ya le ha dado la diabetes de su madre. Vino ayer con los análisis
y me lo dijo.
-
Pues a los Gatos – la familia de los Gatos – no les ha dado el azúcar.
Eso viene de Gumersindo el de la Niña Carmen.
Y
conversaciones por el estilo.
En la cola del médico están los crónicos y los eventuales. Acuden
también los recogerrecetas y los paniaguaos de los enfermos que no pueden
acudir a la consulta.
Cuando el enfermo es agudo y relativamente grave, o así lo entiende el
familiar afectado, lo llevan a la capital de inmediato, e ingresa por urgencias
en le hospital. Familias hay que van a urgencias cinco o seis veces al año.
Nadie se extraña de que fulano esté en urgencias, o haya llevado al hijo, o a
la madre, o a la tía a la capital. Ir a
urgencias no implica mucho. Ir a urgencias es como ir a la Farmacia o al
practicante, o al curandero.
Cuando uno va al médico por lo particular la cosa cambia. Allí ya hay
maldad preocupante y cierta.
Lo cierto es que Nela empieza a comprender la idiosincrasia de la
consulta del medico y participa en ella, porque, en general los enfermos la
quieren y la miman. Los enfermos llegan a la puerta del Ayuntamiento sobre las
ocho de la mañana y hacen cola para coger numero y entrar los primeros.
- Así no tengo que esperar explica la Ramona cuando, después de dos
horas de espera, le toca el numero dos.
Por lo particular, como decía antes, se invierte el proceso. Uno llega
con cita a las seis y queda gustoso en la sala de espera hasta las ocho. Dos
horas que uno paga y disfruta en silencio del silencio de los demás pacientes;
porque por lo particular uno está callado y mustio, por que para eso está malo.
A Nela le cuesta entender estas cosas. Ella sabe que por la mañana le
dan alguna cosilla, algún halago, algún saludo. Ella sabe que cada día hay en
la Plaza ocho o diez personas que esperan, y sabe que están allí junto a la
puerta que huele a alcohol y a potingue. Evito explicarle por qué la gente
espera para no esperar y por que estar malo representa algo prestigioso si la
afección es ligera. Son cosas de hombres, Nela, le digo; no intentes entender a
lo humano, porque si todo lo humano fuera explicable ya no seria humano y en el
fondo se desluciría y olería a pretencioso. Así que ante la cola del medico
para no esperar saludamos, y continuamos camino de la panadería.
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