Hubo una vez un caminante
que se quedó solo a mitad de una subida prolongada y tortuosa. Había recorrido
todo el camino con su mujer al lado, su compañera de siempre, a veces rezagada,
a veces diligente, con los pies doloridos o los sueños muertos, pero compañera
fiel y querida.
Y el caminante aquel, al
verse solo, acomodó el hato, rehízo la carga, cambió las alpargatas y siguió
subiendo. Subió hasta la orilla del mañana, hasta la línea del destino, hasta
el nacimiento de todos los ríos que van a dar a la mar.
Y se detuvo. Una cruz de piedra
soportaba dos tablitas indicadoras que rezaban: camino de la derecha, camino de
la izquierda.
Y el caminante no pudo
elegir: se agarró a la cruz hasta hincarse de rodillas y lloró amargamente su
renacida soledad.
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