jueves, 17 de mayo de 2012

Soledad


Hubo una vez un caminante que se quedó solo a mitad de una subida prolongada y tortuosa. Había recorrido todo el camino con su mujer al lado, su compañera de siempre, a veces rezagada, a veces diligente, con los pies doloridos o los sueños muertos, pero compañera fiel y querida.

Y el caminante aquel, al verse solo, acomodó el hato, rehízo la carga, cambió las alpargatas y siguió subiendo. Subió hasta la orilla del mañana, hasta la línea del destino, hasta el nacimiento de todos los ríos que van a dar a la mar.

Y se detuvo. Una cruz de piedra soportaba dos tablitas indicadoras que rezaban: camino de la derecha, camino de la izquierda.

Y el caminante no pudo elegir: se agarró a la cruz hasta hincarse de rodillas y lloró amargamente su renacida soledad.

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