Apaciguó tu mirada
aquellas ansias mias agolpadas a tus labios cada noche. Los dejaste
entreabiertos, húmedos, albergando caricias. Y subí hacia ellos como el
adolescente que llega hasta la huerta de las cerezas prietas y
llena los bolsillos para que fueran
tuyas. Quiso ofrecértelas una a una, y seguirlas luego con la lengua
arracimando dicha en la comisura de la boca.
Luego, mas tarde, cuando
buscó tu piel, supo que no estabas y que el cerezo aquel dormía deshojado.
Alguien, quizás, hizo suya la fruta.
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