Para llegar a ella no hay
camino;
No hay vereda ni trocha ni cañada,
Ni serventía, ni atajo, ni sendero,
Ni día, ni luz, ni madrugada.
No busco ya los pasos anchurosos,
Ni las huellas que intuyen las vaguadas;
Ni sigo veredas sobre el monte,
Ni vericuetos, ni trochas encaladas.
Tu camino y el mío besaron la dehesa,
Se poblaron de romero, de noche y de retamas
Y acabaron, sinuosos, presagiando infinitos,
Citas de eternidad, esperas sin llegada.
Tu camino y el mío se citaron un día,
E hicieron un trecho de mañana.
Pero a la tarde dijeron que se iban,
Y dibujaron cruceros en el alba.
No hay camino ya para nosotros;
Ni camino, ni regreso, ni esperanza;
Solo queda que la muerte nos una;
Solo espero que llegue su llamada.
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